[elCUERVOyLAcampanitaDEcristal]

2 10 2008

me quedo con japón; con sus pajitas extensibles, sus frigoríficos parlantes y sus donuts con sabor a té verde.
desde este parque se oye el tintineo de una campanita de cristal, colgada en la terraza de alguna casa con un váter que te limpia el culo con apretar un botón. una joven con una larga melena de un rubio improbable pasa cojeando delante de mí; toda su atención puesta en el móvil último modelo con pantalla panorámica y acceso a canales de televisión. cuajado de diminutos cristalitos adhesivos, el aparato centellea bajo la luz de las farolas.
los cuervos, grandes como gatos adultos, graznan intermitentemente desde sus tronos en los postes de electricidad. a veces los ves manchar el cielo con su silueta gorda y negra, batiendo sus enormes alas con un peculiar sonido: como el sacudir de sábanas limpias.
sentada en un columpio de un parque cualquiera espero la llegada de una de estas aves. imagino que se acerca cautelosa – las huellas de sus patas clavándose en la arena bajo su peso -, gira la cabeza para fijar en mí uno de sus brillantes ojos negro-azulados y entonces el feroz tamaño de su pico se hace por fin aparente.
podría sacarme los ojos de las cuencas con ese pico, podría destrozarme la cara y las manos… sin embargo, el cuervo permanece impasible, estudiándome. la campanita de cristal suena de nuevo – un viento que no llego a percibir debe de estar haciéndole cosquillas.
el cuervo avanza de nuevo hacia mí, sorteando las colillas aplastadas de alguien que no se preocupó de recogerlas. entonces ocurre lo imposible – o improbable – : el cuervo se dirige a mí en su extraño idioma de cuervo, con su voz negra y rota, como de fumador de dos cajetillas al día, y comparte conmigo un pedacito de su sabiduría. un trocito de ese futuro que sólo algunas aves ven porque están siempre observando desde lo alto. “el gato de la tienda de la esquina no se mueve de la ventana”. reparo en que usa el presente simple, pero claro, cuando siempre hablas del futuro, los tiempos verbales se vuelven como las gotas de aceite al sol: una suerte de colores que ya no saben dónde empiezan o acaban. con esto se marcha de nuevo a velar el sueño de la ciudad.

ya no se oye la campanita, ya no pasa nadie frente al parque. pero aún no puedo cerrar los ojos.

las luces parpadeantes de las máquinas expendedoras parecen observarme desde la oscuridad de un callejón con salida exclusiva para seres nocturnos y muy pequeños. decenas de ojillos rojos parpadean desde el orden hipodámico de la máquina de tabaco. reconozco algunas marcas pero mi atención se centra en las cajetillas ligeramente más largas y los diseños neo-novecentistas sobre fondo rosa palo de unos “virginia slim” – mentolados, por supuesto. intento imaginarme a un hombre de mediana edad adquiriendo unos cigarrillos de la graciosa cajetilla rosa, pero la imagen no termina de cuajar en mi mente. entonces recuerdo un cartel – igualmente rosa, esta vez en tono cereza – en la ventanilla de un vagón del metro anunciando “coche de uso exclusivo para mujeres”. como tantas otras cosas en Japón, hay dos versiones, según el género. uno puede ir a un メイド・カフェ para que le sirvan señoritas de veintipocos años, ataviadas con trajes de sirvienta francesa – cofia incluida – y se arrodillen ante ti mientras escriben frases cursis con el bote de ketchup sobre tu tortilla “francesa”. también puedes elegir un しつじ・カフェ en el que la versión masculina de la “sirvienta francesa” – el “mayordomo inglés”, una incongruencia más de estas cosas de la servidumbre – hará lo propio, pero esta vez sin florecitas ni corazoncitos de ketchup.

mis pensamientos vuelven al cuervo y su enigmático mensaje. distingo un aleteo entre los arbustos – por cómo suena debe de tratarse de un bicho grande, quizás una mariposa azul y negra, con las alas tan grandes como la palma de mi mano. me siento tentada de usarla como correo postal para llamar al cuervo, pero no sé qué tinta se usa para escribir sobre polvo de ala de mariposa. tendré que dejarlo pasar.

el duermevela de los locales de la calle comercial me irrita ligeramente. por la noche se descubre un barrio nuevo, distinto del que anda trajinando bajo la luz del sol – será la influencia de la luz blanquecina de las farolas? por la noche emergen tiendas y rótulos que durante el día quedan ocultos bajo el bullicio y el ruido de la actividad diurna. hago un esfuerzo por recordar estos lugares – que parecen existir tan sólo en este universo silencioso y nocturno – pero estoy segura de que no servirá de nada, mañana volverán sin remedio a su anonimato rutinario y desaparecerán de la vista.

no ceso de pasar por delante de callejones oscuros, imposiblemente estrechos, como refugios de sombras cansadas de seguir a sus dueños todo el día. en ocasiones vislumbro unos metros más al fondo una escalera destartalada e igualmente estrecha y me pregunto a la casa de qué sombra llevará.
en mi aventura nocturna descubro que no estoy sola en esta hora insomne: trabajadores azarosos realizan en silencio obras en la carretera. su presencia pasa totalmente desapercibida por la población durmiente y su leve rastro de alquitrán y asfalto recién echados no hará a nadie girar la cabeza mañana.
me despido de estas humildes abejas silenciosas – tras mis ojos queda aún impresa la luz roja de sus señales indicadoras, como brazos luminosos oscilando en la oscuridad.
más actividad al final de la calle. apretujadas unas contra otras, una docena de bicicletas esperan frente al 24 horas como perros fieles limitados por la extensión de su correa (o el candado de su rueda trasera). nada interesante por aquí. sólo productos pre-fabricados, pre-cocinados, pre-digeridos… casi pre-cagados. revistas del mes que viene, ensaladas con fecha de caducidad de ayer, un frigorífico vacío con dos tristes onigiri rosas, otro a rebosar con helados en coloridos y llamativos envoltorios anunciando sabor a calpis y té verde. el café del starbucks en una taza de plástico, fanta de uva morada, zumo de melocotón rosa como un culito feliz. estante tras estante de rámen instantáneo, comida enlatada y dulces de chocolate a la fresa; chicles en pastilla con envoltorio individual… periódicos de poco contenido y revistas de menor contenido aún: publicidad, artículos sobre bienes de consumo y algún reportaje sobre un ídolo japonés del momento; a su lado, portada tras portada exhibiendo chicas jóvenes de grandes pechos, ligeras de ropa.
busco el café con leche más barato que haya: lata, botella de plástico, taza o tetrabrik? tener demasiadas opciones a las 2 am es contraproducente…

regreso a mi columpio, a mi parque, con esa espantosa escultura en bronce de un niño-bebé japonés. pobre niño negrito a la entrada del parque, qué imagen tan perturbadora ver una estatua vestida con ropa infantil de verdad.
las cadenas del columpio chirrían suavemente con mi lento pero persistente balancear. mi tetrabrik de “café au lait” viene con pajita extensible incluida – me siento como un marinero desplegando su catalejo, dispuesto a escrutinar un mar de leche, café y sacarosa baratos. un gato negro de rabo corto hace su ronda nocturna ignorándome por completo. bajo la creciente oscuridad su cuerpo desaparece y tan solo tres motas blancas a ras de suelo avanzan con ritmo constante entre las sombras. tres motas blancas – dos se acercan, una se aleja, dos se alejan… si no hubiésemos visto al gato de rabo corto antes podríamos pensar que tres motas autónomas hacen su ronda nocturna por el parque.

el silencio va haciéndose más evidente – tanto que tengo que taparme los oídos para no oírlo. retomo el balanceo para que la conversación de las cadenas me acompañe y entonces reparo en la estructura completa de estos columpios: tobogán, barras y caseta cónica de metal coloreados con pinturas infantiles, comidas por el sol. parece que palideciese ante el paso del tiempo, como la madera del balancín con forma de caballito-pony, guardando un precario equilibrio a la espera de que el culo de algún niño ocupe su silla de montar.

sigo sin tener sueño, pero los ojos me escuecen por la falta de luz y el exceso de uso. aún no he descubierto qué tinta se usa para escribir sobre polvo de ala de mariposa. aún no he conseguido que el maldito gato se fije en mí.

el cielo ya se quema en colores rojizos y azulados en el horizonte – imposible saber si por la polución lumínica o las primeras cabezadas del sol, no tengo reloj. el tiempo no existe en pequeñas cantidades cuando no tenemos con qué registrar su paso.

mi bicicleta me mira triste desde la barrera del parque. intuye que no volveremos juntas esta noche – las bicicletas tienen buena intuición, como los animales. como mi amigo el gato que me ignora deliberadamente.
abandono mi descolorido columpio de asiento de goma amarilla y comienzo a andar tras el testarudo felino de tres patas blancas. me adapto a su ritmo – no es fácil, yo sólo tengo dos piernas – y lo sigo pasados los caballitos-balancín y el banco sembrado de colillas. me lleva hasta los arbustos de antes, donde revoloteaba el bicho probablemente grande, y desaparece entre el follaje. es curioso, juraría que los arbustos me llegaban a la altura del pecho, pero ahora me cubren por completo. he perdido de vista los columpios y el banco y a mi fiel y resignada bicicleta. ahora que lo pienso, también he perdido de vista el gato.

la campanita de cristal suena una última vez. se oye aleteo de sábanas negras. un destello negro-azulado, como un descuido de la luz sobre una esfera perfecta. un graznido familiar: “dos cuervos mancharán el cielo frío del alba”.

終わり

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